¿Qué hace que te hables tan mal?
«Soy idiota.»
«¿Cómo puedo volver a hacer lo mismo?»
«Es que no aprendo.»
«Siempre igual.»
«Debería haberlo hecho mejor.»
Seguro que alguna de estas frases te resulta familiar. Puede que aparezca cuando cometes un error, cuando no haces algo como esperabas o simplemente cuando sientes que no estás llegando a donde quieres. Y quizá ni siquiera te sorprenda ya escucharte hablar así. Forma parte de tu conversación contigo.
De hecho, es posible que nunca hayas pensado demasiado en ello. Nos resulta bastante normal ser mucho más duros con nosotros mismos de lo que seríamos con cualquier otra persona.
Imagina que alguien a quien quieres llega a casa después de cometer un error y te dice: «Soy un desastre. No hago nada bien. Siempre me pasa lo mismo». ¿Le responderías que sí, que efectivamente es un desastre y que a ver si espabila de una vez?
Probablemente no. Intentarías entender qué ha pasado. Quizá le ayudarías a ver qué puede hacer diferente la próxima vez. Pero difícilmente pensarías que machacarla es la mejor manera de conseguir que aprenda.
Entonces, ¿por qué con nosotros sí?
Quizá no te hablas así porque quieras hacerte daño
Es fácil pensar que detrás de una forma tan dura de hablarnos tiene que haber falta de autoestima, inseguridad o incluso falta de cariño hacia uno mismo. Pero no necesariamente.
Si soy duro conmigo, no bajaré la guardia. Si me recuerdo lo que hice mal, no volveré a hacerlo. Si no me conformo, seguiré mejorando. Si me exijo más, lo haré mejor.
Puede incluso que pienses que, si dejas de hablarte así, te relajarás demasiado. Que bajarás el nivel. Que empezarás a justificarte. Que cometerás otra vez el mismo error.
Y tiene cierta lógica. Si quieres conseguir algo y consideras que necesitas estar pendiente para conseguirlo, parece razonable pensar que cuanto más pendiente estés, mejor.
El problema es que quizá hayas acabado confundiendo estar pendiente con estar en alerta, exigirte con machacarte o aprender de un error con no permitirte volver a cometerlo.
Pero ¿qué ocurre realmente cuando te hablas así?
Pensemos en algo tan cotidiano como la comida.
Comes algo que habías decidido no comer y aparece inmediatamente: «Otra vez. Si es que no tengo fuerza de voluntad. Siempre acabo haciendo lo mismo». Quizá una parte de ti piensa que hablarte así hará que la próxima vez tengas más cuidado.
Pero ¿qué ocurre después? ¿Te ayuda a comprender qué estaba pasando antes de comer? ¿O hace que aparezcan culpa, frustración y todavía más preocupación por la comida?
Puede ocurrir algo parecido encima de un caballo. Cometes un error durante un entrenamiento y aparece: «¿Cómo puedo haber hecho eso? Debería haberlo visto venir. Así no voy a ninguna parte». Y quizá piensas que hablarte así te ayudará a estar más pendiente la próxima vez.
Pero puede que en el siguiente entrenamiento estés más pendiente de no volver a equivocarte que de lo que está pasando realmente.
Son situaciones muy diferentes, pero hay algo en común: crees que la crítica te ayudará a conseguir un resultado.
Y quizá ese sea el momento en el que merece la pena parar y mirar un poco más de cerca.
Porque la pregunta no es solamente si hablarte mal te hace sentir mal. La pregunta es: ¿te está ayudando realmente a conseguir aquello para lo que crees que la necesitas?
Puede que la verdadera dificultad esté ahí
Quizá el problema no sea únicamente que tengas una voz crítica.
El problema puede ser que hayas llegado a confiar en ella. Que hayas aprendido a pensar que, si no aparece, algo irá mal. Que necesites exigirte para sentir que estás haciendo las cosas bien. Que interpretes ser comprensivo contigo como bajar el nivel. Que confundas dejar de machacarte con dejar de responsabilizarte.
Y entonces esa voz puede llegar a ocupar un lugar que quizá no le corresponde.
No porque tenga siempre razón. Ni porque sea especialmente útil. Simplemente porque llevas mucho tiempo escuchándola y has aprendido a creer que la necesitas.
Por eso quizá la pregunta más interesante no sea «¿por qué soy tan dura conmigo?», sino: ¿qué creo que ocurriría si dejara de serlo?
Puede que aparezca «me relajaría», «dejaría de esforzarme», «volvería a hacerlo mal», «me conformaría» o «nadie me exigiría lo que yo me exijo».
O puede que no sepas qué responder.
Y eso también puede ser interesante.
Una forma diferente de mirar lo que ocurre
Cuando descubres que te hablas mal, es fácil convertirlo inmediatamente en otra cosa que tienes que cambiar. «Vale. Ahora tengo que aprender a hablarme mejor.» Y ya tenemos una nueva exigencia.
Tampoco se trata de sustituir «soy un desastre» por «soy maravilloso y todo lo hago fenomenal». Si no te lo crees, probablemente no sirva de mucho.
Quizá puedas empezar por algo bastante más sencillo: observar esa conversación.
La próxima vez que aparezca, en lugar de intentar cambiarla inmediatamente, fíjate un poco más: ¿en qué situaciones aparece con más fuerza? ¿Qué ha ocurrido justo antes? ¿Qué crees que estás intentando conseguir cuando te hablas así? ¿Y qué ocurre después?
No necesitas encontrar una respuesta perfecta. Solo empezar a mirar.
Y quizá descubras algo que hasta ahora había pasado desapercibido: que esa voz probablemente no apareció para hacerte la vida más difícil. En algún momento aprendiste que necesitabas hablarte así para conseguir algo.
La cuestión es que una cosa es haber aprendido a hacerlo y otra muy distinta es que todavía lo necesites.
Tres pequeñas invitaciones
Fíjate en cuándo aparece. No intentes cambiar todavía lo que te dices. Observa en qué situaciones esa voz se hace más presente.
Pregúntate qué pretende conseguir. Cuando aparezca, prueba a preguntarte: «¿Qué creo que voy a conseguir hablándome así?».
Mira qué ocurre después. No solo qué te dices, sino qué genera en ti. ¿Te ayuda a estar más presente y aprender o te deja más pendiente, más culpable, más tenso o más preocupado por no volver a equivocarte?
Quizá no se trate, al menos de entrada, de aprender a hablarte mejor.
Quizá se trate de comprender por qué llevas tanto tiempo hablándote así.
Porque quizá la cuestión no sea conseguir que esa voz desaparezca.
Quizá sea dejar de confundir su presencia con la necesidad de hacerle caso.





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