Soy incapaz de dejar algo en el plato: cuando terminar de comer no es una elección
Hay personas que, cuando se sientan a comer, tienen bastante claro cuándo han tenido suficiente. Y, sin embargo, siguen comiendo hasta terminar lo que hay en el plato. No porque tengan más hambre, ni necesariamente porque les apetezca seguir comiendo. Simplemente, dejar comida les resulta difícil. Incluso pueden sentir cierta incomodidad ante la idea de no terminarla.
«En mi casa me enseñaron que la comida no se tira». «Me da pena dejarla». «Si me lo he servido, me lo tengo que acabar». «Ya que está ahí, me lo termino».
Quizá alguna de estas frases te resulte familiar. Puede que lleves años comportándote así sin cuestionártelo demasiado. Al fin y al cabo, terminarse la comida parece algo razonable, incluso una señal de buena educación. Pero ¿qué ocurre cuando deja de ser una elección y se convierte en algo que sientes que no puedes evitar?
Cuando lo que hay en el plato deja de ser lo importante
Imagina que estás comiendo y llega un momento en el que ya no te apetece seguir. Podrías parar, pero miras lo que queda en el plato y aparece un pensamiento: «Todavía queda bastante». Quizá sientas pena por desperdiciar la comida, cierta culpa por dejarla o
simplemente la sensación de que tienes que terminar lo que has empezado. Y sigues comiendo.
Desde fuera, parece una conducta sencilla: terminarse un plato. Sin embargo, lo interesante no es tanto lo que haces como lo que ocurre en ti mientras lo haces. Porque, en ese momento, puede que ya no estés comiendo porque quieras, sino porque sientes que debes hacerlo.
Y esa diferencia importa. Una cosa es decidir terminar la comida porque todavía tienes hambre o porque disfrutas comiéndola. Otra, muy distinta, es continuar cuando ya no quieres, como si dejar algo en el plato no fuera una opción.
«Me han educado así»: ¿es solo una cuestión de costumbre?
Es posible que hayas crecido escuchando que la comida no se desperdicia, que hay que terminarse todo lo que uno se sirve o que dejar comida es de mala educación. Son mensajes que pueden acompañarnos durante años y que, con el tiempo, dejamos de cuestionar. Simplemente, actuamos de acuerdo con ellos.
Pero hay algo interesante: dos personas pueden haber recibido exactamente el mismo mensaje y relacionarse con él de forma diferente. Una puede terminarse el plato cuando le apetece y dejarlo cuando ya no quiere más. Otra puede sentir que no tiene elección, aunque esté llena y preferiría parar.
La diferencia no está necesariamente en el mensaje que recibieron, sino en lo que ocurre cuando ese mensaje aparece en su experiencia actual. Porque una cosa es recordar que no hay que desperdiciar la comida y otra sentir que debes seguir comiendo para estar haciendo lo correcto.
Quizá te hayas acostumbrado tanto a responder de una determinada manera que ni siquiera percibas ese momento como una elección. Ves comida, piensas que debes terminarla y lo haces. Todo sucede con tanta naturalidad que parece inevitable.
Sin embargo, que una respuesta se haya repetido muchas veces no significa que tengas que seguir respondiendo siempre del mismo modo.
¿Qué ocurre cuando te planteas dejar comida en el plato?
Te propongo algo: la próxima vez que estés comiendo, no intentes cambiar tu comportamiento ni te obligues a dejar comida. Simplemente, observa qué ocurre.
Imagina que has llegado a ese punto en el que ya no te apetece seguir comiendo, pero todavía queda algo en el plato. ¿Qué aparece en ese momento? ¿Piensas que tienes que terminarlo? ¿Sientes culpa, pena o incomodidad? ¿Te resulta desagradable ver la comida que queda? ¿O continúas comiendo sin llegar siquiera a plantearte si quieres hacerlo?
No hay una respuesta correcta. Tampoco necesitas encontrar una explicación inmediata a lo que te sucede. Se trata de prestar atención a algo que quizá llevas mucho tiempo haciendo automáticamente.
Puede que descubras que no siempre te ocurre lo mismo. Que depende de lo que estés comiendo, de la cantidad que quede, de quién esté contigo o de cómo te sientas ese día. O quizá compruebes que, en cuanto aparece la idea de dejar comida, terminas comiéndotela sin detenerte a considerar ninguna otra posibilidad.
Lo importante no es analizar cada comida ni convertir el acto de comer en una tarea más. Es empezar a reconocer qué sucede en esos momentos en los que sientes que no puedes elegir.
No necesitas luchar contra ti para relacionarte de otra manera con la comida
Cuando identificamos una conducta que queremos cambiar, es habitual intentar corregirla directamente. Si no puedo dejar comida en el plato, me obligaré a hacerlo. Si siento que tengo que terminarlo todo, me repetiré que no pasa nada por dejar comida. Si me cuesta parar, intentaré controlarme más.
A veces, estas estrategias pueden resultar útiles. Pero también podemos acabar convirtiendo la comida en otro terreno en el que tenemos que esforzarnos, vigilarnos y demostrar que somos capaces de hacer las cosas de otra manera.
Y quizá el primer paso no sea obligarte a dejar comida, sino descubrir qué hace que te resulte tan difícil hacerlo.
Nuestros pensamientos influyen en cómo vivimos las situaciones y en cómo respondemos a ellas. Cuando aparece la idea de que tenemos que terminar lo que hay en el plato, podemos experimentar esa exigencia como si fuera una obligación real, aunque no exista nada que nos impida parar. En ese momento, puede que ni siquiera nos planteemos otras posibilidades.
Pero los pensamientos no son órdenes que tengamos que cumplir. Que aparezca un «tengo que terminármelo» no significa que tengas que hacerlo. Y tampoco necesitas entrar en una lucha con ese pensamiento, convencerte de lo contrario o conseguir que desaparezca para poder actuar de otra manera.
A veces, basta con empezar a reconocer lo que está ocurriendo para que nuestra relación con ello deje de ser exactamente la misma.
El cambio empieza cuando dejas de dar por inevitable lo que haces
Si sientes que eres incapaz de dejar algo en el plato, quizá lleves tiempo intentando resolverlo desde la conducta: servirte menos, controlar las cantidades o esforzarte por parar antes. No hay nada malo en esas decisiones, pero pueden quedarse cortas si sigues viviendo la situación como una obligación que no puedes cuestionar.
No se trata de que tengas que dejar comida para demostrar que puedes hacerlo. Tampoco de que terminarte el plato sea algo que debas evitar siempre. Se trata de que puedas comer porque quieres, porque tienes hambre o porque disfrutas de lo que estás comiendo, y no únicamente porque sientas que no tienes otra opción.
Porque la libertad no consiste en hacer siempre lo contrario de lo que has hecho hasta ahora. Consiste en dejar de sentir que solo puedes actuar de una manera.
Y eso no empieza necesariamente cambiando lo que haces. A veces, empieza cuando descubres qué está ocurriendo en ti mientras lo haces.
Nada cambia, pero todo es diferente.





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